Umbral, de Silvia Conde

Llevaba a su nieta de la mano por la vereda de la escuela. Muy cerca de la puerta la soltó. Se dieron un beso. La nena entró haciendo girar el cabello de su pelo atado, dejando ver una cadena dorada bajo el uniforme blanco de escuela pública. Iba apurada a buscar a sus amigas. Entonces la abuela recorrió las pocas cuadras hasta la casa mientras el recuerdo volvía, como todos los días aunque habían pasado años, insistente.

La autora es Profesora en Letras, Diplomada en Lectura, Escritura y Educación.
La autora es Profesora en Letras, Diplomada en Lectura, Escritura y Educación.
Recordó que aquella noche había sido rara. Se despertó un poco después de las tres, como siempre. Pero no sintió la misma angustia. Algo inusual, como si fuera un sonido o un aroma que no podía definir pero que persistía en el aire, la llevó a mirar dentro de la habitación vacía y sonreír por primera vez ante sus fotos. En una de ellas, su hija y el novio, tan jóvenes, sonreían abrazados.

Miró por la ventana de atrás hacia el patio, donde permanecían los helechos y el gato blanco de su hija, dormido.

Se estaba sirviendo un vaso de agua cuando sucedió.
Fue tan rápido que quedó inmóvil unos segundos con el vaso en la mano antes de salir corriendo a la puerta de calle.

Había sonado el timbre. Breve, preciso. Inmediatamente escuchó como arrancaba un auto con rapidez.

Cuando abrió la puerta el viento le hizo encogerse de hombros. Vio la calle a oscuras y al fondo el pico de las sierras. Un gemido suave, un movimiento de niño dormido le hizo bajar los ojos.

Allí, a su lado, en el umbral, había un bebé.
Recién nacido, con la piel arrugadita en el rostro, todavía. Movía los brazos en sueños en el suelo duro y frío.

Era una nena, estaba segura de eso. Entre los pañales y la ropita desordenada y de un talle que no correspondía a su tamaño de muñeca, brillaba algo.

La abuela encendió la luz y la alzó. Lo que brillaba era una cadenita de oro con una medalla de la Virgen. No cualquier cadenita: la que ella había puesto en el pequeño cuello de su propia hija cuando era pequeña, y que ya de grande había seguido usando como gargantilla hasta el último día que la vio.

En la niña, la cadenita colgaba larga entre el blanco de la ropa desproporcionada. Como una identificación y un mensaje que decía que la cuidara, que era su familia.

La nombró María Luz y comenzó a revivir junto a ella otros tiempos de alegría, de asombros y juegos. Siempre estaban cerca las dos, siempre a la vista. La abuela llevaba a su nieta ce la mano, más adelante, cuando la llevaba a la plaza, después a la escuela. Ya habría tiempo para ir soltándola, se decía.

Esto ocurrió en una ciudad chiquita donde todos sienten soplar el mismo viento. La risa de la niña le dio fuerzas. La abuela, desde entonces, también fue Madre.

Sobre la autora
Silvia Conde es de Paraná; colabora ocasionalmente con reseñas para la Biblioteca Popular del Paraná. Es Profesora en Letras. Diplomada en Lectura, Escritura y Educación.