Egberto Gismonti, Hugo Fattoruso y Carlos Negro Aguirre presentes en el Mestiza Música Festival

Egberto Gismonti, Hugo Fattoruso y Carlos Negro Aguirre desarrollaron tres miradas de personal dirección pero de una conmovedora belleza artística, aunque en grados distintos, en el marco del Mestiza Música Festival, que tuvo lugar la semana pasada en el Teatro Coliseo de Buenos Aires. Un triángulo virtuoso que dejó al auditorio en estado de plena satisfacción.

El entrerriano Carlos Negro Aguirre se presentó junto a Hugo Fattoruso y Egberto Gismonti.
El entrerriano Carlos Negro Aguirre se presentó junto a Hugo Fattoruso y Egberto Gismonti.

El comienzo fue con Hugo Fattoruso en piano solo, y el clima rioplatense dominó la escena. Los aires de candombe, sin decir presente, están en el aire como en Influencias y un potente Vivir contento, donde comenzó a seguir la música con la voz. Tu alegre paso, un paso doble, por cierto, bastante deconstruido, fue quizás el mejor ejemplo del valor de la música mestiza que le ha dado a la música latinoamericana potentes alas. Repicado, un tema propio de letra costumbrista y música compleja dio paso al cierre con un asalto al recuerdo, La casa grande, de Eduardo Mateo, cantado con el corazón y el tango Mano a mano, de Gardel, tocado a su manera, rica en ritmo y de audaces armonías.

El pianista Carlos Negro Aguirre debutó con su grupo, formado por Fernando Silva en contrabajo -un músico de hermoso sonido e ideas interesantes- y Luciano Cuviello en batería. Sonido cuidado y una tímbrica muy definida en el que los solos están al servicio de la melodía. La aproximación es de tono jazzístico; Aguirre supo darle a sus composiciones esos sabores folclóricos sin por ello avanzar sobre lugares comunes. Se podría decir que tanto Hiroshi, Kalimba como Dentro de mí, tema de una introspección absoluta, tienen el sesgo de la música del sello ECM. Hacia el final subieron Juampi De Leone, un flautista que ha ganado espacio propio en la música creativa, y Fattoruso, que tocó la melódica en un clima de serena amistad.

Con Gismonti llegó el momento más esperado. La ovación que lo recibió cuando llegó al escenario habló por sí misma. Su música tiene ese matiz único que podría definirse como las tres e: entusiasmo, elegancia y elevación. En guitarra abrió su set con Alegrinho, un tema de creciente intensidad que transmitió la fragancia de la rebelión que lleva su música. Un matiz armónico lo llevó a Saudacoes, una de sus más recientes composiciones, grabado en 2009 en el álbum del mismo nombre, y en la que el espíritu erudito-popular se abre paso en su melodía, un tributo al mestizaje brasileño.

Cambió su guitarra (de 12 cuerdas a 10) para hacer Danca dos Escravos, que tuvo belleza y sentimiento y esos laberínticos pasajes tocados con urgencia. El piano lo esperaba para la segunda parte de su actuación. Su relación con el piano no es tan amistosa como con la guitarra. Con la guitarra dialoga, al piano le ordena.

Silence, de Garbarek, y 7 anéis avasallaron al auditorio por esa perfección que emana de sus interpretaciones. Hay una sensación de potencia creativa en su mensaje como pocos artistas consiguen transmitirla. Siguió con la reflexiva Bodas de Prata y con un bellísimo Don Quixote (tema que suele dedicar al contrabajista Charlie Haden) con una melodía de cristalina sonoridad y un sentimiento de ternura por aquel inefable personaje.

El último tramo lo dedicó al frevo, con la triada Frevo-Infancia-Karate en una interpretación efervescente y melódicamente exuberante. La trama es intensa, un sonido atlético recorre el Coliseo ante un público atento, sin desmayos. Cerró con Forró, vivaz y serpenteante.

Gismonti, instrumentista genial y compositor exquisito, le dio al festival un toque especial, único. Tras la ovación, volvió con el trío de Aguirre y una despedida histórica a dos pianos. Un mundo musical de bellísimo mestizaje.